Y “otra vez”, estoy frente a la pantalla intentado escribir sobre mujeres. No es nada fácil. Existe en mí un compromiso con ellas, porque hay lecciones de vida en juego, porque me inspiran y me enseñan de un camino, una fe, una lucha… Voy y vamos creciendo en cada paso.
Decía “otra vez” porque hace unos meses comencé una investigación sobre ellas…precisamente, acerca de la participación política del movimiento femenino peruano a inicios del siglo XX. Sin pensar en el compromiso, inicié la tarea y creció la admiración. Fuera de toda la historia, había una esencia natural que nos unía. Había modelos de vida que inspiraban y enseñaban caminos de lucha. Así, en los últimos mayo y junio he vivido pensando, discutiendo y reflexionando acerca de la participación de este movimiento; me he prolongado analizando sus reclamos y reivindicaciones, pero también caí detenidamente en sus limitaciones –el famoso status quo social que todas supuestamente preferimos defender- que me llevaron a reformularme, más de una vez, la efectiva presencia de esas mujeres en el ámbito público.
Sin embargo, aún con tanto caos y dudas, les agradezco. Agradezco su participación, directa e indirecta, sus preocupaciones y molestias, sus empeños y valentía: su entrega, al fin y al cabo. Porque en ellas, una descubre que ser mujer no significa rechazar la batalla, sino al contrario, aprender a combatirla y ganarla. Ser mujer es increíble: firmeza, dedicación, dulzura, apoyo y astucia en una sola persona que muchas veces lleva dos corazones…ellas nunca descansan.
Les dejo parte de la introducción de mi texto: La historia de las mujeres peruanas y en general, nos revela una diversidad de voces y obras que significativamente contribuyeron en numerosos procesos históricos, sociales y políticos. De esta manera, frente a un movimiento de mujeres en la actualidad, Virginia Vargas explica que sus signos más resaltantes son “la pluralidad de vertientes y espacios; la pluralidad de sentidos y formas colectivas de acción; la superposición de objetivos; el descubrimiento, desde diferentes situaciones de vida, de nuevas identidades personales y colectivas” (1992: 31). En este sentido, las mujeres han hecho suyo el compromiso de abrir nuevos espacios de discusión y dinámica en torno a la estructura social vigente, aún desigual. Estas aspiraciones se encuentran inmersas en el deseo de democracia representativa y participativa, ya que la actuación femenina y sus constantes reivindicaciones por la equidad de género enriquecen la actividad pública y el respeto por los derechos de la ciudadanía y el desarrollo humano.
Asimismo, es posible reflexionar acerca del proceso de cambio que se enfrentaba en esa época –la conquista del sufragio femenino-. A su vez, interpretarlo como acontecimiento de importancia colectiva a manera de un modelo inspirador de pugna por la inclusión a la democracia, la validación del derecho a elegir, la equidad y justicia debido a que nos encontramos en una constante transformación social, en la cual se manifiesta la lucha de las minorías por volver a los espacios públicos inclusivos en todas sus dimensiones. Hay una suerte de apertura y de reconocimiento de los derechos de aquellos que antes los tenían privados y debemos considerar asimilar las lecciones del pasado para construir una realidad mejor.
Imagen: Martín Arias

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