En primer lugar, el título es una exageración. Uno porque aún no llego a ser filósofa, entonces esa denominación es muy grande para mí y no la merezco. Y dos porque frustrada, así como dice la palabra, estoy a medias. Quizá sea mejor decir desilusionada porque no puedo realizar este pequeño sueño (de nuevo otro error –la vocación no es algo que signifique poco-), o tal vez, asustada pues no me atrevo a renunciar a todo por estudiar lo que quiero. Y sí, no es fácil tomar una decisión pero si no me atrevo a escoger ni si quiera lo que quiero hacer con mi vida qué clase de guerrera soy? Creo que siempre será para mí la prueba más grande dejar de ser cobarde. Pero bueno, ese es otro punto…ya te lo contaré luego. Esta vez prefiero hablar de algo que me ha inquietado mucho estos días, mi futura y flamante carrera o al menos la que estoy por comenzar a estudiar. Creo que ya sospecharás que quiero ser filósofa. Y qué carrerita esa que escogí… pues hoy estudiar filosofía no es nada común, nada económicamente viable, y en fin, nada fácil. Y creo que si le preguntas a alguien porqué no estudiar filo, te dará miles de razones. Incluso tú ya debes de estar pensando algunas (y yo también constantemente lo estoy haciendo). Pero al mismo tiempo, creo que te daría otras mil más para seguirla. Todo comenzó hace un año, o tal vez hace mucho tiempo atrás -estaba en secundaria, un gran maestro me solía llamar filósofa, no creía en su calificativo, no lo pensaba, sin embargo me gustaba en el fondo- pero la decisión no la había tomado con firmeza hasta ahora. Estaba por iniciar mi segundo ciclo en la universidad y era la fecha de la matrícula, Julio quizá. Era la primera vez que me matricularía personalmente, el primer ciclo lo había hecho la universidad, y no tenía la menor idea de muchas cosas. Salieron publicados los horarios de los cursos, parecía sencillo. Tenía que escoger 5 cursos con 5 buenos profesores. Lo tenía todo listo porque me entró una suerte de obsesión con hacer un horario perfecto sin tener en cuenta que no tenía ni un buen promedio ponderado, ni un buen número de créditos para competir con el resto. Aún así, empecinada, me inscribí. A los pocos días me sacaron de 2 o 3 cursos, luego la lista se hizo más larga, eran 6. Los cambié y cuando parecía todo estar bien, viajé con mi familia a Huancayo. El día que terminaba la inscripción decidí revisar los cursos que había escogido. Confiada en mi talento con el horario y que nadie tendría las misma preferencias que yo, entré minutos antes que cerraran la matrícula. Nada es perfecto dicen, comencé a creerlo. Me habían desplazado de dos cursos y tenía que cambiarlos antes de las 7:00 pm. El internet se puso lentísimo, eran 6:48. Buscamos otra cabina de internet. Llegamos al hotel para ver si había alguna disponible. Encontré una máquina, eran 6:55. Partía a Lima al día siguiente pero en ese momento deseaba estar en casa con un poquito de paz, pudiendo controlar el horario. Sin embargo, estaba ahí. Logré salir de los cursos y encontrar otros dos ideales, pero cuando iba a guardar el cambio con las nuevas materias, se cumplió el tiempo: eran las 7:00. Me indigné, lloré, creí que todo se había acabado, que solo estudiaría dos cursos y me retrasaría mucho. Volví a llorar, no entendí lo que pasaba, ni tampoco usé la razón. Pero no estaba todo perdido. Al contrario, algo lindo me esperaba ese ciclo y ni lo imaginaba. Pues bien, a veces sucede que vemos las cosas solo desde un lado, olvidamos el otro en el que siempre algo nos sorprende. Cuando ya estaba en Lima, dieron un plazo para modificar las inscripciones. Pude revisar de nuevo los cursos y aunque no todos estaban disponibles, me quedaban algunas opciones. Terminé escogiendo historia del mundo moderno, introducción a la microeconomía y ética. Antes no había pensado en llevar esos cursos, simplemente aparecieron y listo. Tampoco escogí con suma meticulosidad a los docentes, pero algo me decía que no podían ser malos. Puede inscribirme y al poco tiempo se publicaron los cursos en los que me había matriculado pero no aparecía por ningún lado introducción a la microeconomía. Otra vez, desesperación. No tenía ni la menor idea de que había pasado. Me acerqué a preguntar y comentaron que ese curso tenía como requisito Matemáticas 2, y ese ciclo recién llevaría la 1; pero que aún podía matricularme en otro curso más que esté disponible. Busqué y todos eran electivos que no podía llevar porque mi carrera –gestión y alta dirección- no me lo permitía. Decidí llevar solo cuatro cursos y comenzar el inglés. Así que poco tiempo después, inició el ciclo. La primera clase fue ética, sin muchas ganas, ni noción alguna de lo que significaría para mí ese curso; había iniciado una de las razones más fuertes para estudiar filosofía. Mi maestra me cautivó al instante. Tenía una voz muy dulce, aspecto amigable, linda sonrisa, pero sobre todo trataba los temas con gran pasión y bondad. No me gustaba dejar de escucharla, y aunque por algunos momentos escapaba de sus clases para enfrentarme conmigo misma y poner en práctica las lecciones, intentaba estar ahí, en cuerpo y espíritu. Dicen que la filosofía se trata más de eso: el alma. Yo también lo creo, con ella alimento mis curiosidades, grandes dudas y problemas que suelen frecuentar esa parte tan íntima y profunda de nuestra existencia. Me comenzaron a dejar textos acerca de la ética antigua, moderna y contemporánea. Por mis manos había pasado Aristóteles y era muy feliz. Me conmovían cada una de sus palabras, me inspiraban y me llevaban a pensar en una convivencia mejor. Luego llegó Tubino -por cierto, ex decano de la facultad de EEGGLL- y con él, cada uno de sus textos sobre la verdadera multiculturalidad. Era fascinante recibir tanta información acerca de cosas que solemos omitir u olvidar: Lo diferente no es necesariamente divergente, habían en el fondo muchas cosas que nos unían aunque al parecer más aspectos nos separaban solo por ser más notorios y también superficiales. Había en cada palabra un poco de esperanza, un intento por darnos cuenta que todo siempre puede ser mejor y ya lo decía él: Un mundo sin daño, es históricamente posible. Lo creí, lo sigo creyendo y espero hacerlo por siempre. Entonces, al mismo tiempo, no sólo aprendía, también crecía y quería seguir haciéndolo con más de esta parte tan importante de la reflexión. En la ética encontraba modelos de prudencia, de silencio, de felicidad. Lo que no sé si estaba constantemente buscando, pero que sí encontré y lo sigo haciendo pero con algo más grande que la filosofía fue mi fe. Hay muchas cosas más que interesan e inquietan mi espíritu. Una gran persona solía decir que siempre andamos buscando la verdad y creo que no puede haber más verdad en eso. Así fui descubriendo mis aficiones, cada vez más me provocaba leer de los grandes pensadores de la historia de la civilización. En ese momento, llegó Nussbaum, una filósofa estadounidense que hablaba del desarrollo: Trascender, mi palabra favorita. Fue conquistando mi corazón la lucha por el bien y el deseo de armonía, la preocupación por la indiferencia y la noción de conciencia de límites. Creo que compartía y aspiraba ese sueño de buscar la mejor manera de vivir. Esos cortos cuatro meses fui muy feliz e intensamente crítica y reflexiva. Y quería repetirlos en mi vida, por eso deseaba estudiar filosofía. Soñaba con sentarme a contemplar y escribir acerca de lo que pocas veces notamos, acercarme un poquito más a la verdad, cambiar algo del mundo. Y aún creo que lo puedo lograr, solo que no sé si este es el momento en el que me toca esperar. Ya te había adelantado antes que mi carrera era gestión, que no la amaba tanto, quizá porque no la conocía del todo o porque la filosofía me estaba llamando. Pero era la que mis padres creían conveniente, eficaz y óptima para mí. Yo les creía. Llevé un taller este verano sobre crear proyectos de desarrollo y me pareció muy interesante, casi convencida que podría gustarme el mundo de la dirección, continúo a ver si me sorprende más de lo que espero. Pero la filosofía sigue ahí, en mí.

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