martes, 23 de agosto de 2011

Gestión

Martes 23 de Agosto, 6:20 am. Despierto con el vibrar del celular pero decido volver a cerrar los ojos por otros 5 minutos. Me gana el sueño y duermo como 15. Unos segundos después la alarma no deja de sonar. Me levanto. Decido como me vestiré hoy y luego tomo el desayuno pensando en lo que soñé. Estaba triste porque la historia que vivía mientras dormía se trataba de otra decepción, pero al fin y al cabo, solo era un sueño con mucho parecido a la realidad. Salgo de casa con papá y tomó un taxi que me lleve a la universidad. La emisora de la  radio emitía un programa evangélico medio dramático pero crítico con el alma. Intentaba hacer la tarea de inglés pero reflexioné en el trayecto (sí, filosofía es una de mis pasiones). Llegué y mientras me dirigía al salón, pensaba. Una vez dentro de clases, teatro no llamó mi atención. No sé porque me había detenido a observar al profesor sin escuchar sus palabras; y él, al que consideraba uno de los más interesantes maestros de la universidad, hoy simplemente era un personaje sin gracia. No logré conectarme a la clase, pero las pocas ideas que capté se trataban de lo complejo que es tomar decisiones (según el profesor, formaba parte de la fatalidad humana; para mí, se resumía en libertad -facultad que buscamos alcanzar-) Y bien, luego que terminara la clase fui a leer un rato y esperar que sean las 11 para ir al inglés. Tuve la sesión y luego, un espacio para  descansar por 10 minutos en el que tenía que retirarme de clase y salir a la universidad de nuevo. Pero, no quería una carrera agitada hasta el salón, así que me quedé por el resto de la hora hasta que terminara. A la 1, corrí a la otra clase, entré casi al finalizar pero pude apuntar algunos datos. Después, me encontré con una amiga para almorzar y nos fuimos a conversar por un rato. Ella me contaba de sus vacaciones y su vida (más decisiones que tomar). Después de casi una hora, terminamos de comer y me despedí porque la clase de gestión de organizaciones comenzaba a las 3. Cuando llegué al salón, me senté junto a otra amiga que había conocido hace un ciclo atrás y conversamos hasta que inició el curso. No era mi primera clase, ya había observado la dinámica y aprendido la voz de la profesora; aunque recién la estaba conociendo. En el curso, la participación es vital: se trata de conocernos mejor, aprender a dirigirnos en público, saber comunicar ideas y opiniones personales, además de escucharnos. Me tomé enserio la tarea y quería participar seguido-como nunca, realmente, nunca lo había hecho en otro curso.- Creo que quería demostrarme que sí era capaz de estudiar gestión, o quizá, probar si me gustaba el mundo de la "alta dirección" (el simpático nombre de la carrera que estaba estudiando es: Gestión y Alta dirección). Así que, con o sin miedo, alcé muchas veces mi mano pidiendo la palabra y me la concedieron un par de veces. En ese momento había caído en cuenta de que estaba tomando otra decisión y no se trataba del simple hecho de participar en clase; sino iba más allá: fijarme una meta e intentar conseguirla de la mejor manera. Curiosamente de eso se trataba la gestión: objetivos, decisiones, compromisos. Todo de lo que venía reflexionando meses atrás. Después de todo, quizá estaba en el camino correcto.

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